Un tablero donde ningún actor puede ya imponerse solo
Israel, Irán, las monarquías del Golfo, Turquía y las milicias asociadas a Teherán componen un equilibrio inestable donde cada movimiento tiene coste, pero ninguna alianza es suficiente para dominarlo.
Ningún actor puede solo Redacción 3GM
El régimen iraní ha perdido, en dos años, buena parte de su capacidad de proyección regional: los apoderados en Líbano y Siria han quedado descabezados, la disuasión balística ha resultado menos intimidatoria de lo prometido y la dependencia económica de China ha cerrado más margen del que ha abierto. A cambio, el programa nuclear ha ganado tiempo y opacidad, y los intentos de aislarlo han fracasado.
Israel ha ejecutado con eficacia militar sus objetivos declarados, pero paga un precio internacional creciente y un desgaste interno que la política doméstica ya no puede disimular. Las monarquías del Golfo —Arabia Saudí, Emiratos, Catar— han aprendido a jugar a varias bandas con Washington, Pekín y Moscú a la vez, y han desplazado el centro de gravedad económico de la región hacia sus capitales sin necesidad de imponerse militarmente.
Turquía se mueve como potencia media con ambiciones de bisagra: interviene en Siria, arbitra en el Cáucaso, negocia con Rusia, presiona a Grecia y compra tiempo dentro de la OTAN. Y las milicias asociadas al eje iraní —Hutíes en Yemen, restos de Hezbolá, grupos en Irak— siguen siendo capaces de trastornar el comercio marítimo del mar Rojo, con lo que eso implica para los seguros, los fletes y los precios europeos.
La conclusión operativa es que el vocabulario de las últimas décadas —«victoria», «orden regional», «hegemonía»— ha perdido casi todo su contenido. Lo que hay es una gestión permanente de crisis solapadas, con costes crecientes para todos y sin un ganador claro a la vista.